“Apocalípticos e integrados ante el tsunami tecnológico” de Roger Domingo

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Artículo publicado originalmente en el número de junio de 2018 de la revista Emprendedores.

Escribía el semiólogo Umberto Eco, a mediados de los años sesenta, que el mundo se dividía entre apocalípticos e integrados. Los primeros eran quienes se mostraban pesimistas ante el auge de la cultura de masas y quienes creían que esta nueva forma de cultura no era sino el paradigma de la anticultura. Los segundos, por el contrario, defendían que la universalización de la cultura, merced a los avances tecnológicos que permitieron que los productos culturales llegaran a todos los rincones de la tierra, nos brindaba una sociedad con mayor acceso a la información y por consiguiente más educada y mejor formada.

Algo parecido nos ocurre en estas fechas: el mundo se divide entre quienes se muestran pesimistas (apocalípticos) o optimistas (integrados) ante el tsunami tecnológico que ya empezamos a entrever y al que nos referimos como cuarta revolución industrial, resultado de la llegada a su mayoría de edad de tecnologías tales como la robótica, la nanotecnología, la realidad virtual, la impresión 3D, las monedas virtuales, la inteligencia artificial o la biología avanzada.

Los nuevos apocalípticos viven los avances y el progreso tecnológico con incertidumbre y se muestran preocupados ante la posibilidad de que, por ejemplo, un amplio sector de la población quede desplazada del mercado laboral debido a su sustitución por robots o por programas basados en inteligencia artificial. Los avances tecnológicos les producen un lógico malestar, toda vez que lo conocido, lo establecido o aquello que se corresponde con sus valores éticos y morales cambia continuamente y no disponen del tiempo ni del ánimo suficiente para adaptarse.  Es el miedo malthusiano a que las necesidades contingentes sobrepasen las capacidades económicas y tecnológicas de una sociedad en un determinado momento histórico.

Los nuevos integrados, por el contrario, creen que el mundo que viene y los avances tecnológicos nos permiten vivir, cada día que pasa, en un mundo mejor. Un mundo en el que la llegada de la robótica industrial nos permitirá liberarnos de los trabajos físicos para dedicarnos sólo a cuestiones intelectuales o creativas y en el que los avances médicos nos permitirán curar enfermedades tales como el cáncer o el alzhéimer. En suma, un mundo con mayores posibilidades de progreso y de crecimiento para todos en el que, por tanto, habría vuelto a funcionar eso que el economista Schumpeter denominó “destrucción creadora”.

Sin embargo, la preocupación es legítima: nunca antes habíamos alcanzado tal velocidad de progreso. Según Ray Kurzweil, director de Ingeniería de Google, el siglo XXI será, a la velocidad del progreso actual y debido al enorme poder del crecimiento exponencial, el equivalente a 20.000 años de progreso. Y la velocidad de dichas innovaciones científicas y tecnológicas nos causa una comprensible ansiedad, dado que nuestras estructuras sociales y culturales no están adaptadas a ellas y necesitamos tiempo para asimilarlas.

En estos momentos, y tal y como afirma Eric Teller, consejero delegado del laboratorio Google X,  la franja de tiempo desde que se introduce una innovación hasta que se convierte en omnipresente y el mundo cambia no va más allá de los cinco a los siete años. Un buen ejemplo nos lo brinda WhatApp, fundada hace menos de 10 años y que en este breve espacio de tiempo se ha convertido en la principal herramienta de comunicación de todos los habitantes del planeta.

Nunca antes aquello de que la ciencia ficción de hoy es la ciencia real de mañana había sido tan literalmente cierto. Estamos, en palabras de Tom Friedman en Gracias por llegar tarde (Deusto, 2018) en uno “de los puntos de inflexión más importantes de la historia, quizá sin igual desde los tiempos de Gutenberg”. Y, dado que las nuevas tecnologías descansan siempre sobre las anteriores, mejorándolas exponencialmente, así seguirá siendo, de modo que vamos a ver más cambios durante los próximos veinte años que los que hemos visto durante los últimos doscientos.

Ante esta situación, sólo cabe hacer dos cosas: o bien paramos el progreso tecnológico, lo cual y por razones obvias no resulta posible, o bien nos adaptamos a los cambios, apostando por la formación continua en lo individual y legislándolos con rapidez para que estos cambios no produzcan vacíos legales y la sociedad permanezca protegida en lo colectivo.

Y, al mismo tiempo, advirtiendo que el progreso no sólo mejora nuestras vidas, sino que esta mejora es empíricamente medible. En palabras del profesor de Harvard Steven Pinker, “todas las estadísticas señalan que mejoramos: la gente a lo largo y ancho del mundo es más rica, goza de mayor salud, es más libre, tiene mayor educación, es más pacífica y goza de mayor igualdad que nunca antes”. De la misma opinión es Johan Norberg, quien en  su libro Progreso (Deusto, 2017) expone diez indicadores que prueban que la humanidad mejora año tras año. En este sentido, afirma que en los últimos 60 años el porcentaje de la población mundial que sufre de desnutrición ha caído desde el 50% hasta el 10%, al tiempo que la esperanza de vida media ha aumentado desde los 50 a los 70 años, y la población mundial que subsistía con el equivalente a un dólar diario se ha reducido de más del 50%  a menos del 10% de la población.

Suele decirse que la tecnología elimina trabajos. Y así es. Algo que produce dolor, angustia y ansiedad a quienes se ven afectados y a quienes creen que pueden llegar a estarlo. Pero, al mismo tiempo, la tecnología nos brinda nuevas oportunidades. O, como dice Tim O’Reilly, actualizando la idea mencionada de Schumpeter, en La economía WTF (Deusto, 2018), la tecnología “mata profesiones, pero crea nuevos puestos de trabajo”. En este sentido, James Bessen, uno de los economistas que más profundamente ha estudiado los potenciales efectos adversos de la automatización de la fuerza laboral, afirma que esta suele mejorar la productividad, lo cual permite una bajada de precios que, a su vez, genera una mayor demanda, que a su vez permite compensar la sustitución de máquinas por mano de obra.

Para ilustrarlo expone el caso de los cajeros automáticos, considerado un caso paradigmático de tecnología que sustituyó a personas físicas a partir de mediados y fines del siglo pasado. Según sus estudios, desde el año 2000 el número de empleados de banco a tiempo completo se ha incrementado un 2%, un porcentaje muy superior al de la población activa total. Y el motivo cabe encontrarlo en que los bancos pudieron abrir nuevas sucursales a menor coste y dedicar parte del tiempo de sus empleados a tareas más productivas. El objetivo, no obstante, sólo estará completo con la implantación de políticas públicas que compensen a quienes se quedan relegados debido a los avances.

No hay espacio, pues, para el pesimismo -aunque sea siempre lo que mejor vende y lo que en mayor medida nos reconforta – y sí para el optimismo ante los cambios que llegan y los que están por llegar. Seamos optimistas. Y si los avances tecnológicos nos descolocan, si la incertidumbre, el miedo y la preocupación nos llevan a un vacío existencial en el que las respuestas fáciles a problemas complejos y las soluciones mágicas encuentran buen arraigo, no cedamos, no volvamos a las caenas e intentemos siempre entender en qué medida el progreso nos beneficia. Si, como dice el dicho, un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado, también puede ser que un optimista sea un pesimista al que le ha dado por comprobar los datos –correctos- a su alcance.

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